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Por dos

By   /   27 marzo, 2014  /   No Comments

He pasado unas navidades que podrían ser la envidia de todos aquéllos que detestan las lucecitas de colores, los arbolitos sin raíces, los papa noeles clónicos y las compras de último minuto. Unas navidades sin falsas sonrisas, sin comidas de empresa, sin amigo invisible y sin uvas. Retirado en una finca al norte de Matagalpa, donde no crecen uvas sino café, despedí el 2013 a eso de las diez de la noche. A veces huir de las tradiciones es muy sencillo cuando careces de los figurantes del Belén. Ni Melchor, ni bueyes, ni peces en el río. No hay diferencia entre el 2014 y el 2013, y bastará que llegue Febrero para que muchos se den cuenta. La ilusión de fin de año es la quimera del oro, el billete de lotería en casa del pobre o la estrella fugaz del desierto en la que el nómada confía su postrero deseo.
Tras finalizar una primera redacción de un libro sobre Cuba y un breve, pero iluminador, documental sobre la Isla, dejé Matagalpa rumbo a Managua. Cómo duelen las piernas tras casi tres semanas sin moverlas. La primera noche pedí asilo en una escuela cerrada y custodiada por el bueno de David. Allá monté la mosquitera y me volví a sentir de nuevo vivo, como si no hubiera habido un cambio de año sino de luna. A Managua llegué ya de anochecida, y gracias a la hospitalidad de la familia Farahani me alojé en su casa. Ellos no están, pues viven en Texas, pero su casa está abierta para nómadas de nido efímero. Allí aguardé la llegada de Martina con quien viajaré en adelante. Nos conocimos en Alaska hace más de un año y tras algunos encuentros nada casuales en la ruta, hemos decidido viajar juntos. Para alguien como yo, que nunca ha vivido bajo el mismo techo con una mujer antes, compartir ahora un pedazo de tela y los palos de la tienda es, por sí mismo, más aventura que la cara norte del Everest en invierno. (Media vuelta mirando al tendido y montera lanzada por encima del hombro sin observar su caída en el foso).

He pasado unas navidades que podrían ser la envidia de todos aquéllos que detestan las lucecitas de colores, los arbolitos sin raíces, los papa noeles clónicos y las compras de último minuto. Unas navidades sin falsas sonrisas, sin comidas de empresa, sin amigo invisible y sin uvas. Retirado en una finca al norte de Matagalpa, donde no crecen uvas sino café, despedí el 2013 a eso de las diez de la noche. A veces huir de las tradiciones es muy sencillo cuando careces de los figurantes del Belén. Ni Melchor, ni bueyes, ni peces en el río. No hay diferencia entre el 2014 y el 2013, y bastará que llegue Febrero para que muchos se den cuenta. La ilusión de fin de año es la quimera del oro, el billete de lotería en casa del pobre o la estrella fugaz del desierto en la que el nómada confía su postrero deseo.
Tras finalizar una primera redacción de un libro sobre Cuba y un breve, pero iluminador, documental sobre la Isla, dejé Matagalpa rumbo a Managua. Cómo duelen las piernas tras casi tres semanas sin moverlas. La primera noche pedí asilo en una escuela cerrada y custodiada por el bueno de David. Allá monté la mosquitera y me volví a sentir de nuevo vivo, como si no hubiera habido un cambio de año sino de luna. A Managua llegué ya de anochecida, y gracias a la hospitalidad de la familia Farahani me alojé en su casa. Ellos no están, pues viven en Texas, pero su casa está abierta para nómadas de nido efímero. Allí aguardé la llegada de Martina con quien viajaré en adelante. Nos conocimos en Alaska hace más de un año y tras algunos encuentros nada casuales en la ruta, hemos decidido viajar juntos. Para alguien como yo, que nunca ha vivido bajo el mismo techo con una mujer antes, compartir ahora un pedazo de tela y los palos de la tienda es, por sí mismo, más aventura que la cara norte del Everest en invierno. (Media vuelta mirando al tendido y montera lanzada por encima del hombro sin observar su caída en el foso).

Fuente: http://www.biciclown.com/index.php?mmod=diari&file=list&cID=&clang=es

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