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Hilton Metropole en Londres, un hotel a evitar

By   /   19 febrero, 2014  /   No Comments

Al lado de la estación de Paddington se alza un hotel a evitar. Ningún aprieto que aceche al hombre de negocios que visite Londres debe encontrar su solución en ese establecimiento. Es el Hilton Metropole.

La advertencia es seria porque, además, las puertas de semejante monumento a la desfachatez hotelera atraen por su cercanía a los pasajeros que llegan del Aeropuerto de Heathrow en el tren rápido que une el centro de la ciudad con la casa de British Airways.

El sello Hilton, una fachada digna y una recepción vanguardista permiten intuir unos estándares de servicio que poco tienen que ver con la realidad. El verdadero Metropole empieza en los ascensores. La situación recuerda al mito de las sirenas de La odisea. Como saben, Ulises se enfrenta a su canto en el mar, atrayente, pero peligroso.

El lugar está catalogado con el equivalente a las cinco estrellas españolas, aunque no resiste la comparación con ningún establecimiento que supere las tres. Como la mitología apunta en algunos ensallos, las sirenas no fueron siempre mitad mujeres mitad aves –según la tradición griega— y, por tanto, horrendas. Antes eran doncellas hermosas; como puede que el Hilton fuera un lugar digno de su nombre algún día.

Tras un check-in caótico, recuerden el adjetivo, accedemos a la habitación en una de las plantas reservadas al cliente business. La apertura de las puertas del ascensor da pie a una estancia que generará urticarias si busca rematar los últimos asuntos laborales del día y luego descansar.

Se aprecia, en primer lugar, un pasillo nada acogedor con moquetas merecedoras de la ira de Paris Hilton, que arrancaría con gusto. Más allá de la estética –subjetiva—, el olor es nausabumdo. Al llegar a la habitación, debemos introducir con insistencia la llave magnética. Es realmente desesperante y sucederá cada vez que se intente abrir la puerta.

Dentro, el primer vistazo irradia sosiego. Espejismos. La mera observación detallada alimenta el enfado por haber pagado más de 400 euros al cambio.

Los detalles se precipitan hasta el nivel de una posada. En las habitaciones individuales, proponen camas de 90 centímetros de ancho. En realidad son muebles auxiliares que algún día fueron de diseño. La ropa de cama se presenta mal rematada con pliegos que delatan los apenas diez minutos que Hilton ha dedicado a preparar la habitación para el siguiente huésped.

Al mirar hacia el techo vemos grietas de muy mal aspecto. En los servicios, la puerta de la ducha denota la escasa inversión. Ni siquiera se han tomado la molestia de renovar la silicona de la mampara. La conexión wifi, en este hotel orientado al mundo de los negocios, es un bien escaso. No está incluida en el precio de la habitación.

Ofrecen dos posibilidades: cargar el plan a la tarjeta de crédito o bien a la cuenta. Ninguna de las dos opciones funcionó en la noche que pusimos a prueba el hotel. La conexión de cortesía en los espacios comunes tampoco era una solución. Siguiendo con la tecnología, en la televisión la mitad del dial prometido en la carta de servicios no funciona.

Retomamos en este punto el adjetivo caótico. Además del check-in, describe el desayuno. Se celebra en un restaurante –o rancho, quién sabe— de la planta baja. Hilton le ofrecerá la inédita experiencia de hacer cola para lograr mesa a las ocho de la mañana. Pasarán cinco minutos hasta llegar al mostrador, donde le asignarán un metre que le acompañará a la mesa.

En nuestro caso, se nos acomodó tras dar dos vueltas completas al patio de mesas. La cocina denota que el jefe de cocina trabaja por debajo de sus posibilidades. Como alternativa, en la misma esquina hay una bakery deliciosa, la Valerie, en Chapel Street. Afortunadamente, el check-out es rápido e indoloro.

Para los pasajeros que lleguen sin reserva a Londres a través de Heathrow las dos alternativas reales son el Sofitel del mismo aeropuerto –un cinco estrellas de los fetén— y el Landmark, cerca de la Paddington; en Marylbone Road.

Al lado de la estación de Paddington se alza un hotel a evitar. Ningún aprieto que aceche al hombre de negocios que visite Londres debe encontrar su solución en ese establecimiento. Es el Hilton Metropole.

La advertencia es seria porque, además, las puertas de semejante monumento a la desfachatez hotelera atraen por su cercanía a los pasajeros que llegan del Aeropuerto de Heathrow en el tren rápido que une el centro de la ciudad con la casa de British Airways.

El sello Hilton, una fachada digna y una recepción vanguardista permiten intuir unos estándares de servicio que poco tienen que ver con la realidad. El verdadero Metropole empieza en los ascensores. La situación recuerda al mito de las sirenas de La odisea. Como saben, Ulises se enfrenta a su canto en el mar, atrayente, pero peligroso.

El lugar está catalogado con el equivalente a las cinco estrellas españolas, aunque no resiste la comparación con ningún establecimiento que supere las tres. Como la mitología apunta en algunos ensallos, las sirenas no fueron siempre mitad mujeres mitad aves –según la tradición griega— y, por tanto, horrendas. Antes eran doncellas hermosas; como puede que el Hilton fuera un lugar digno de su nombre algún día.

Tras un check-in caótico, recuerden el adjetivo, accedemos a la habitación en una de las plantas reservadas al cliente business. La apertura de las puertas del ascensor da pie a una estancia que generará urticarias si busca rematar los últimos asuntos laborales del día y luego descansar.

Se aprecia, en primer lugar, un pasillo nada acogedor con moquetas merecedoras de la ira de Paris Hilton, que arrancaría con gusto. Más allá de la estética –subjetiva—, el olor es nausabumdo. Al llegar a la habitación, debemos introducir con insistencia la llave magnética. Es realmente desesperante y sucederá cada vez que se intente abrir la puerta.

Dentro, el primer vistazo irradia sosiego. Espejismos. La mera observación detallada alimenta el enfado por haber pagado más de 400 euros al cambio.

Los detalles se precipitan hasta el nivel de una posada. En las habitaciones individuales, proponen camas de 90 centímetros de ancho. En realidad son muebles auxiliares que algún día fueron de diseño. La ropa de cama se presenta mal rematada con pliegos que delatan los apenas diez minutos que Hilton ha dedicado a preparar la habitación para el siguiente huésped.

Al mirar hacia el techo vemos grietas de muy mal aspecto. En los servicios, la puerta de la ducha denota la escasa inversión. Ni siquiera se han tomado la molestia de renovar la silicona de la mampara. La conexión wifi, en este hotel orientado al mundo de los negocios, es un bien escaso. No está incluida en el precio de la habitación.

Ofrecen dos posibilidades: cargar el plan a la tarjeta de crédito o bien a la cuenta. Ninguna de las dos opciones funcionó en la noche que pusimos a prueba el hotel. La conexión de cortesía en los espacios comunes tampoco era una solución. Siguiendo con la tecnología, en la televisión la mitad del dial prometido en la carta de servicios no funciona.

Retomamos en este punto el adjetivo caótico. Además del check-in, describe el desayuno. Se celebra en un restaurante –o rancho, quién sabe— de la planta baja. Hilton le ofrecerá la inédita experiencia de hacer cola para lograr mesa a las ocho de la mañana. Pasarán cinco minutos hasta llegar al mostrador, donde le asignarán un metre que le acompañará a la mesa.

En nuestro caso, se nos acomodó tras dar dos vueltas completas al patio de mesas. La cocina denota que el jefe de cocina trabaja por debajo de sus posibilidades. Como alternativa, en la misma esquina hay una bakery deliciosa, la Valerie, en Chapel Street. Afortunadamente, el check-out es rápido e indoloro.

Para los pasajeros que lleguen sin reserva a Londres a través de Heathrow las dos alternativas reales son el Sofitel del mismo aeropuerto –un cinco estrellas de los fetén— y el Landmark, cerca de la Paddington; en Marylbone Road.

Fuente: http://www.02b.com

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